Corría el año 2005. Se acercaba un día esperado por este hermoso grupo: el día del amigo. Se organizó para esa fecha un típico encuentro entre los pibes: asado y truco. Armando los preparativos unos días antes nos dirigimos a comprar la carne, las ensaladas, el pan, y todo lo necesario para celebrar largos años de amistad. Nos reunimos a la tarde y nos dirigimos al supermercado chino. Una vez allí Horacio Mario se echó atrás. Se dio de baja. Aseguró juntarse con “Guidi”(uno de tantos ídolos y modelo a seguir) y sus otros “amigos” dejándonos en banda. Una clara actitud de NO amigo, típica del viejo Puente. Los pibes compramos la carne, y le dijimos a Puente que después no venga a llorar, que nosotros no éramos el plan B de nadie.Pese a la desgarradora tristeza que nos afligía por no contar con el gran Horacio Mario en el día del amigo, seguimos adelante con el festejo. Sin embargo la tristeza se convirtió en ira incontrolable, y la propia ira en un plan maquiavélico de venganza.
El día anterior nos encontrábamos en el viejo Ambar festejando el cumpleaños de Fede. Allí mismo se comenzó a diagramar lo que se convertiría en la más grande anécdota de toda la historia.
En un principio se tiraron ideas de ponerle un viagra en el vaso, y que así estuviera “al palo” toda la noche. Pero al desconocer los procedimientos de este tipo de “medicamento” descartamos la propuesta.
Finalmente, nos decidimos por algo más efectivo y duro; algo que le hiciera pagar con “sudor” su traición.
El plan tuvo que adelantar su ejecución. El propio día del amigo Puente llamó horas antes rogando por juntarse con nosotros, “Guidi” y el resto lo habían dejado en banda, de esta manera obtuvo un poco de su propia medicina. Horacio pidió por favor que lo dejáramos venir. Incluso ya había comprado su propia carne (de lo más frula que se conseguía en el barrio) en un gesto de atención hacia nosotros. Los pibes accedimos a que viniera solamente para ejecutar la dolorosa y deshidratante venganza.
Unos minutos antes nos dirigimos a la farmacia para comprar el “producto”. Y mien
tras no dejábamos de pensar en que momento aplicárselo a su bebida.Nos reunimos en la casa de Nicolás Guerrieri, conocido como “Borocotó” (por sus cualidades de plena salud, y sol sin drogas; el apodo se reforzó cuando borocoteó al gordo Ruggi).
Luis se destacó en la parrilla haciendo un gran asado, pero seguíamos sin saber como echar ese líquido es su vaso. El ingenio del Gordo Ruggi ayudó en ese momento clave. Le dijo a Puente: “che…acompañame arriba que la voy a llamar a Cintia, acá no tengo señal”. Vale aclarar, y esto engrandece la figura del Gordo, que el ni siquiera tenía crédito, por lo tanto su destreza actoral nos salvó la vida.
Cuando Horacio Mario subió a la terraza acompañando a Ruggi, el grito se hizo unánime: “ahora, ahoraaaa!!!”. Allí mismo Faby sacó de su bolsillo el fármaco conocido como Rapilax: un poderosísimo laxante. Y de nuevo al grito de “Dale, dale, vacíalo!!!” Fabián justamente vació el líquido en el vaso de Puente que estaba tomando vino. Recordemos que en el prospecto se recomendaban un par de gotas. Con eso bastaría para producir el efecto deseado.
Una vez que Puente y el Gordo regresaron, Fede oportunamente propuso un brindis. Y todos los pibes cebaron al ídolo Horacio para que hiciera un fondo blanco. Puente no se achicó, ya que contaba con experiencia en ese tipo de acciones.
Puente vació el vaso con un altísimo porcentaje de laxante en el mismo. Las sonrisas no se pudieron disimular entre los pibes, sin embargo no veíamos la hora de que surtiera efecto.
La noche continuó normalmente, con algunas partidas de truco. Puente no tuvo mejor idea que encima tomar mates con galletitas Oreo.
Los pibes miraban el reloj constantemente, preguntándose cuanto más tendrían que esperar para que se desatara la furia.
El momento más esperado de la noche al fin llegó. Puente le preguntó disimuladamente al dueño de casa donde quedaba el baño. Algunas carcajadas no se hicieron esperar. Horacio Mario fue al baño y estuvo unos largos 15 minutos. Volvió todavía con algunas gotas de sudor en su frente.
Sabiendo lo mersa que es Puente, esperábamos su propio comentario de lo ocurrido. Bajo las escaleras diciendo: “uhh me eché un garco!”. Los pibes no dudaron en despistarlo de una: “es esa carne frula que compraste! Encima tomaste mate con Oreo, como no ibas a cagar así?.
La noche continuó con Horacio yendo constantemente al baño (luego de unas cuantas veces perdimos la cuenta de la cantidad), y con el resto de los pibes tratando de aguantar las risotadas.
La velada se extendió, pero claro, los ánimos de algunos de los pibes no estaban como para irse a dormir tras el asado, el truco y las anécdotas; por lo cual se propuso salir a “bailotear” un rato. No hubo mucho quórum, pero dos o tres del grupo de los más amigos accedieron a la propuesta; entre ellos estaba Horacio Mario “intestino débil” Puente.
Amena fue la caminata desde lo de Guerrieri hasta “Eleven”, lugar elegido para “mover el esqueleto”, vale aclarar que no solo elegido por nosotros, en aquel momento era un bar con mucha convocatoria; por lo cual debimos ubicarnos al final de la larga cola que se extendía por la avenida Beiró.
Pasaban los minutos y estábamos cada vez más cerca del ingreso, hasta que faltando diez metros para llegar a la puerta de dicho bar, notamos la exaltación del popular Puengui debido a un comentario que realizó: “quiero entrar ya y cagar, pero falta…¿me acompañan hasta casa?”. Como excelentes amigos no opusimos resistencia y nos dignamos a acompañarlo a lo que se dice “mover el
vientre”. (Eleven, sito en avenida Beiro y avenida San Martín). La casa de Horacito se encontraba a unas largas siete cuadras y media, entonces nosotros debíamos seguirle el acelerado paso que este llevaba; pero de pronto… Puente hizo una pausa en seco, así es, tras haber recorrido unas tres cuadras con su aligerado caminar Horacio había parado completamente su marcha; volteó hacia nosotros y notamos la expresión de desesperación que tenía en su rostro empapado en grandes y frías gotas de sudor. Notamos que quería decirnos algo, no sabíamos que esperar de este sujeto y en ese estado tan particular, hasta que de una vez por todas confesó su bizarro plan, nos dijo: “No, no; ya sé…ME CAGO ENCIMA, y cuando llego a mi casa me cambio y vuelvo para Eleven”. No nos quedó otra opción que explotar en risas, carcajadas, risotadas que ni el mejor chiste de “Jorge Corona” podría igualar. Tras este embarazoso hecho nuestro “héroe” retomo su carrera, pero esta vez lo hizo a lo Usain Bolt, corriendo más rápido que nunca, cortando el viento como las mejores épocas de Claudio Paul Caniggia.Nosotros solo atinamos, a gritarle un “chau Puente…nos vemos”, este levantó su mano derecha en señal de saludo (y algunos afirman que también dejó entrever su clásica sonrisa grasa) y en milésimas de segundo fue que lo perdimos de vista entre la oscuridad de la noche.

Según cuenta la leyenda este mítico personaje sigue corriendo por el mundo; dicen que todos los años, más precisamente la noche de todos los 20 de julio, si estas en la calle Cuenca y haces silencio, escucharás pasos atolondrados y soplará el viento con fuerza…es él que sigue merodeando por el barrio.



